El gran sur
Un punto cardinal en construcción
Não existe pecado do lado de
baixo do Equador
Vamos fazer um pecado rasgado,
suado, a todo vapor
Me deixa ser teu escracho,
capacho, teu cacho
Um riacho de amor
Não
existe pecado ao sul do Equador
Chico Buarque - Ruy Guerra / 1972-1973
Para la
obra teatral Calabar
Chico Buarque - Ruy Guerra
punto / región
Cuando
hablamos del sur, nos referimos al hemisferio austral en oposición al
hemisferio boreal. Sur, Sud, Meridión o Austral son las denominaciones para el
punto cardinal que indica la dirección al Polo Sur.
Sureños, australes o meridionales son
los hechos, las personas, los objetos que están situados o que acontecen en la
zona sur de una región que, por convención –y esto daría para escribir varios
capítulos–, se representa en la parte inferior de la cartografía.
Meridional, meridies, medio día es la referencia, de acuerdo con la sombra que los cuerpos
proyectan, que nos ayuda a encontrar esa dirección sur.
Según nuestra formación más clasicista, este austral está
cargado de elementos fascinantes, pánicos extraños, terras ignotas. En una aproximación más literal y poética, el gran sur sería la
Antártida. Es el cuarto continente en extensión, que contiene un punto único
llamado Polo Sur, por donde aflora el mágico eje de la Tierra.
Como una pantalla blanca que se despliega en nuestra mente,
en realidad la Antártida es un territorio poblado de descomunales maravillas
naturales, y enriquecido por atroces o inquietantes narraciones, desde las de
Lovecraft a las propias bitácoras de los exploradores y su parafernalia real y
simbólica. Puedo soñar a un Gabriel de Castilla, en el siglo xvii, narcotizado por la compulsión de
llegar a ver ese paisaje blanco, en la tierra firme más meridional conocida.
Pero hay otros sures: los mares del
sur, donde se ubica la Polinesia; el sur de Sudamérica, donde se localiza el
llamado Cono Sur; África del Sur, integrada por varios países, entre ellos
Sudáfrica; el continente que lleva el nombre ‘sur’ por antonomasia: Australia
(Suralia).
El sur es un mundo constituido por
vacíos enormes colmados de océanos y por salpicaduras de tierras con
explosiones conciliatorias que atrapan o rechazan.
Otro sur podría ser el sur banalizado de esta América; un
sur particular, procesual, sorprendente, donde se amontonan en mapas
turísticos: papagayos, cristos redentores, playas paradisíacas, caballos pampa,
imponentes montañas majestuosas, indígenas simpáticos y un abigarrado etcétera.
Todos allí interactúan con ciertos clisés básicos, como el que encarna la
emblemática cantante, actriz y bailarina Carmen Miranda, una proliferación de
vasijas incaicas de plástico, algunas histéricas alegrías, o aislados
revolucionarios polvorientos, a menudo oscilantes entre la heroicidad y el
patetismo, como los presentados en el filme de amplia difusión Bananas, del cineasta estadounidense Woody Allen, o los que viven en la bande
dessinée del belga Hergé, Tintin et les Picaros.
Pero tenemos aún
otro sur para esta región: un sur de revoluciones y revolucionarios,
guerrilleros y guerrillas, militares y golpes de Estado. En el sur se entreteje
una estética inconmensurable de registros en blanco y
negro con tembladerales de los años 60, 70, 80; íconos de dimensiones teocráticas
se entrecruzan con imágenes de violencia desaforada.
El sur es, en efecto, una vasta región de profusas y
confusas luchas, de marejadas sociales y políticas. Un sur donde las
diferencias sociales y la inequidad asimétrica son la constante, y donde, junto
al esplendor y la ostentación, conviven el dolor y la miseria más amargos.
La vulgaridad cobija zonas de ambas
realidades. La dignidad también lo hace.
En definitiva, este es un sur dinámico
en el que, encandilados por principios de realidades nuevas, muchas veces
incomprensibles, o sumidos en la oscuridad de antiguos temores, crecemos,
producimos, educamos a nuestros hijos. Y lo hacemos con una fe sacralizada en
esta región como la depositaria de un gran proyecto futuro.
Venir al sur y ser víctima de picaduras de mosquitos, ser
muerto por los cárteles de la droga, ser devorado por un Caaporá, ser hechizado
por un duende Curajhy-Yará, prever la propia muerte al escuchar acercarse al
Cuchivilu, o andar un derrotero por la selva con Ernesto Che Guevara y Tamara Bunke son parte de un imaginario, al menos de
coloratura romántica.
A esa elaboración imaginada ahora le agregamos una visión
dialogada, interpolando esta región del sur desde el lenguaje de las artes
visuales, o en una desesperada horadación de la tierra en que vivimos, para
descubrir con horror y asombro nuestro pasado milenario, o el más cercano de
décadas, en que la belleza de la tierra abierta nos deja disfrutar, en el dolor, los huesos de nuestra historia reciente,
o los textiles de nuestra milenariedad.
Todos estos elementos generan un
momento, un conjunto de instantes que vamos armando como un corpus, un continuum.
Tal vez detrás de todo esto hay una
construcción. Estamos creando un punto cardinal.
En mi propuesta curatorial en esta gestación el diálogo es esencial, la confrontación de los
lenguajes que miran a un gran sur, o a un Aleph Sur,
enriquece esta babélica estructura. Por eso me he dejado seducir por los
lenguajes de artistas de Alemania, Japón, Polonia,
Argentina, Uruguay.
Al influjo de un susurro curatorial,
todos ellos engarzan la edificación de un complejo austral cardinal. Cómo lo
toman, cómo lo desarrollan, cómo lo metodizan: solo la reflexión desde sus
lugares lo dilucidará.
Serán utilizadas diferentes formas
funcionales: algunas obras vendrán hechas, otras viajarán airosamente a medio
construir, otras serán erigidas, vivirán el proceso de
construcción aquí, en esta Montevideo.
Ser del Sur en el Sur, sin saber
totalmente si este es un verdadero Sur, es dura tarea. También es asaz duro
identificar nuestro rol en esta vertiginosidad.
De todas maneras, milenios de cultura
nos protegen, en una inmensa zona vigilada por el pantocrátor Cruz del Sur.
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