martes, 5 de marzo de 2013

TEXTO>>>El GRAN Sur / Un punto cardinal en construcción


El gran sur

Un punto cardinal en construcción



Não existe pecado do lado de baixo do Equador
Vamos fazer um pecado rasgado, suado, a todo vapor
Me deixa ser teu escracho, capacho, teu cacho
Um riacho de amor


Não existe pecado ao sul do Equador
Chico Buarque - Ruy Guerra / 1972-1973

Para la obra teatral Calabar
Chico Buarque - Ruy Guerra



punto / región

Cuando hablamos del sur, nos referimos al hemisferio austral en oposición al hemisferio boreal. Sur, Sud, Meridión o Austral son las denominaciones para el punto cardinal que indica la dirección al Polo Sur.
Sureños, australes o meridionales son los hechos, las personas, los objetos que están situados o que acontecen en la zona sur de una región que, por convención –y esto daría para escribir varios capítulos–, se representa en la parte inferior de la cartografía.
Meridional, meridies, medio día es la referencia, de acuerdo con la sombra que los cuerpos proyectan, que nos ayuda a encontrar esa dirección sur.
Según nuestra formación más clasicista, este austral está cargado de elementos fascinantes, pánicos extraños, terras ignotas. En una aproximación más literal y poética, el gran sur sería la Antártida. Es el cuarto continente en extensión, que contiene un punto único llamado Polo Sur, por donde aflora el mágico eje de la Tierra.
Como una pantalla blanca que se despliega en nuestra mente, en realidad la Antártida es un territorio poblado de descomunales maravillas naturales, y enriquecido por atroces o inquietantes narraciones, desde las de Lovecraft a las propias bitácoras de los exploradores y su parafernalia real y simbólica. Puedo soñar a un Gabriel de Castilla, en el siglo xvii, narcotizado por la compulsión de llegar a ver ese paisaje blanco, en la tierra firme más meridional conocida.

Pero hay otros sures: los mares del sur, donde se ubica la Polinesia; el sur de Sudamérica, donde se localiza el llamado Cono Sur; África del Sur, integrada por varios países, entre ellos Sudáfrica; el continente que lleva el nombre ‘sur’ por antonomasia: Australia (Suralia).
El sur es un mundo constituido por vacíos enormes colmados de océanos y por salpicaduras de tierras con explosiones conciliatorias que atrapan o rechazan.

Otro sur podría ser el sur banalizado de esta América; un sur particular, procesual, sorprendente, donde se amontonan en mapas turísticos: papagayos, cristos redentores, playas paradisíacas, caballos pampa, imponentes montañas majestuosas, indígenas simpáticos y un abigarrado etcétera. Todos allí interactúan con ciertos clisés básicos, como el que encarna la emblemática cantante, actriz y bailarina Carmen Miranda, una proliferación de vasijas incaicas de plástico, algunas histéricas alegrías, o aislados revolucionarios polvorientos, a menudo oscilantes entre la heroicidad y el patetismo, como los presentados en el filme de amplia difusión Bananas, del cineasta estadounidense Woody Allen, o los que viven en la bande dessinée del belga Hergé, Tintin et les Picaros.

Pero tenemos aún otro sur para esta región: un sur de revoluciones y revolucionarios, guerrilleros y guerrillas, militares y golpes de Estado. En el sur se entreteje una estética inconmensurable de registros en blanco y negro con tembladerales de los años 60, 70, 80; íconos de dimensiones teocráticas se entrecruzan con imágenes de violencia desaforada.
El sur es, en efecto, una vasta región de profusas y confusas luchas, de marejadas sociales y políticas. Un sur donde las diferencias sociales y la inequidad asimétrica son la constante, y donde, junto al esplendor y la ostentación, conviven el dolor y la miseria más amargos.
La vulgaridad cobija zonas de ambas realidades. La dignidad también lo hace.
En definitiva, este es un sur dinámico en el que, encandilados por principios de realidades nuevas, muchas veces incomprensibles, o sumidos en la oscuridad de antiguos temores, crecemos, producimos, educamos a nuestros hijos. Y lo hacemos con una fe sacralizada en esta región como la depositaria de un gran proyecto futuro.

Venir al sur y ser víctima de picaduras de mosquitos, ser muerto por los cárteles de la droga, ser devorado por un Caaporá, ser hechizado por un duende Curajhy-Yará, prever la propia muerte al escuchar acercarse al Cuchivilu, o andar un derrotero por la selva con Ernesto Che Guevara y Tamara Bunke son parte de un imaginario, al menos de coloratura romántica.
A esa elaboración imaginada ahora le agregamos una visión dialogada, interpolando esta región del sur desde el lenguaje de las artes visuales, o en una desesperada horadación de la tierra en que vivimos, para descubrir con horror y asombro nuestro pasado milenario, o el más cercano de décadas, en que la belleza de la tierra abierta nos deja disfrutar, en el dolor, los huesos de nuestra historia reciente, o los textiles de nuestra milenariedad.
Todos estos elementos generan un momento, un conjunto de instantes que vamos armando como un corpus, un continuum.
Tal vez detrás de todo esto hay una construcción. Estamos creando un punto cardinal.

En mi propuesta curatorial en esta gestación el diálogo es esencial, la confrontación de los lenguajes que miran a un gran sur, o a un Aleph Sur, enriquece esta babélica estructura. Por eso me he dejado seducir por los lenguajes de artistas de Alemania, Japón, Polonia, Argentina, Uruguay.
Al influjo de un susurro curatorial, todos ellos engarzan la edificación de un complejo austral cardinal. Cómo lo toman, cómo lo desarrollan, cómo lo metodizan: solo la reflexión desde sus lugares lo dilucidará.
Serán utilizadas diferentes formas funcionales: algunas obras vendrán hechas, otras viajarán airosamente a medio construir, otras serán erigidas, vivirán el proceso de construcción aquí, en esta Montevideo.

Ser del Sur en el Sur, sin saber totalmente si este es un verdadero Sur, es dura tarea. También es asaz duro identificar nuestro rol en esta vertiginosidad.
De todas maneras, milenios de cultura nos protegen, en una inmensa zona vigilada por el pantocrátor Cruz del Sur.

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